La interfaz que no cesa

Ya no se habla de computadoras, ni de interfaces tampoco. Quién sabe lo que es una computadora hoy en día con tanto dispositivo tecnológico. Teléfonos inteligentes, marcapasos, predictores del embarazo, lavadoras programables… ¿de verdad podemos llamar a todo eso computadora?

Hubo un tiempo en que sí. Es más, hubo un tiempo en el que antes de hablar de interacciones con la computadora se hablaba de interfaces persona-computador. Antes de hablar de comportamientos hablábamos sólo de objetos, de artefactos y su política.

Para mucha gente la interfaz es algo tangible. Es ese puerto que conecta un periférico con un ordenador, y es también esa pantalla que espera se clicada, tocada o tipeada. Pero la interfaz, también es un lugar, una superficie, un lenguaje y una oportunidad. La interfaz se crea para conectar. Es esa convención idiomática, ese contrato entre dos extremos que quieren usarse. El matiz ¡y la magia! surgen cuando vemos a una persona en alguno de sus extremos.

La interfaz no es más que la metáfora, la forma que define la función, lo perceptible y lo reconocible, lo accesible y universalmente traducible. La gramática del comportamiento humano cuando interviene con la tecnología. O bien, los sensores cognitivos de la tecnología cuando se dispone a formar parte de la vida y experiencias de un humano.

Las interfaces pueden ser visuales, auditivas, habladas, textuales, táctiles y al serlo se centran en quienes les dan sentido: las personas y su contexto. No es casualidad. Por eso es inevitable cuando pensamos la interfaz hacerlo pensando en quien las usa, en sus motivaciones, sus necesidades y sus objetivos. Por eso cuando hacemos tecnologías que se conectan entre sí, o que conectan las personas a los dispositivos, los artefactos a las cosas, las cosas al entorno… las interfaces son el único lugar que debería importarnos.